jueves, 15 de abril de 2010

Elas endexamáis acadan o silencio

Elas endexamáis acadan o silencio. Caos, primixenio desorde, continuo bulir de confusos sons e ordes claras. Falan, e eu escoito, Karla, porque non é fácil sustraerse a elas. Son malvadas, taimadas e posuidoras do máis impresionante enxeño. Cando se sinten ignoradas, toman a acertada decisión de empequenecerse ate convertirse en apenas un murmullo e, no intre no que teño a osadía de pensar que me abandonaron para sempre, alzánse cun ímpeto antes descoñecido, arrasan a miña mente e máis a miña cordura, derriban toda barreira o defensa.
Bótote de menos. Os teus sorrisos, a túa voz suave e agarimosa, os teus bicos e o arrecendo dos teus cabelos. Boto de menos os paseos polo parque e as risas na beira do río, as visitas á casa abandonada do teu pobo e o morno sol do solpor derramándose sobre ti e máis eu, alí, ao pé de catedral, esculpidos pola luz de deus como un par de santos caídos do ceo. Pero, en realidade, o que máis extraño son as túas palabras. Empregándoas, eras quen de alonxalas, a elas, ás que nunca calan, e supoño que por iso sentíronse celosas de ti. Porque te quería, Karla, e continuarei queréndote; se na miña existencia existe un atisbo de certeza, dende logo este é o amor que sinto hacia ti.
E, sen embargo, no intre que tento lembrarte, quizáis acadar un álbum cheo de fotografías ou o vello teléfono oculto polo polvo sobre a mesa, elas berran, desgárranse e vólvenme tolo. Din que foste unha ilusión, afirman coa rotundidade dun científico ou dun filósofo que o vago recordo das túas mans aferradas ás miñas é tan só unha quimera. Sei que minten, Karla, pero con cada día que pasa, con cada hora que se desliza imitando a lentitude do veleno ao corroer as entrañas, decátome de que as miñas certezas se debilitan e caen como castelos construidos no aire. Xa non podo saber quen son e, sen embargo, teño o presentimento de que morrerei lembrándote, co teu nome nos beizos, como facían os heroes antigos.
A quen pretendo enganar? Nada teño de heroe. Ti ben o sabes, Karla, ti falabas do demo que se ocultou en min, que me levou con el e me fixo o seu prisioneiro. Pero estabas equivocada. Non era o demo, pois el non presta atención aos fútiles asuntos dos mortais, ocupado como está na súa loita co seu natural opoñente, ese deus do que tanto oín falar e que xamáis veu a verme.
Eran elas, que xa naquel tempo comezaban a trazar os seus feitizos de perigosas fadas. Non chegaron, non fun eu quen abriu a porta dando unha cálida benvida, porque estaban xa dentro de min. Naceron conmigo e alimentáronse da miña carne e da miña alma, fixéronse un só ser coa miña mente. Sempre foron parte de min, no seu silencio antergo e nesas palabras que, agora o sei, xamáis se mergullarán no silencio, aínda que ás veces se agochen e finxan desaparecer. Ti abandonaches o ar que respiro para sempre; elas serán as miñas eternas compañeiras.


Sons que acompañan este post: Lichgestalt, Lacrimosa.
Nota final: Esta vez trátase do fragmento inicial dun relato, titulado de xeito provisional Karla, que pensaba presentar nalgunha parte, pero logo tomei outra decisión e quedou dúas semanas perdido no meu disco duro. Hoxe atopeino e continueino uns poucos parágrafos; decidirei más tarde se engadir o desenrolo e o desenlace. Aínda non o sei, se teño que flar -escribir- cun asomo de sinceridade. O río da escrita dirá. En todo caso, é unha breve historia con pouco sentido, bastante mensaxe e sabor amargo; todo o que hai de fermoso na vida ten sabor amargo moi ao fondo, resulta innegable.

miércoles, 14 de abril de 2010

Nightmare

Alguien debería explicarme en virtud de qué extraña razón la película que en su día me dio verdadero miedo -y es de las pocas- se convierte ahora en uno de mis clásicos del cine de terror favoritos. ¿Sabéis una cosa? Que me muero de ganas de ver el remake de Pesadilla en Elm Street. Y sí, es cierto. También de estrecharle la mano a Freddy.


One, two, Freddy's coming for you.
Three, four, better lock your door.
Five, six, grab your crucifix.
Seven, eight, better stay awake.
Nine, ten, never sleep again.

miércoles, 7 de abril de 2010

Sí, como un loco

Hay pocos artistas que me hayan llegado tan profundamente como Pier Paolo Pasolini. Descubrí su obra a causa de su faceta de cineasta, me fasciné con sus Cuentos de Canterbury, redescubrí a Medea en la interpretación de Maria Callas, lamenté su pronto e injusto final y, más adelante, me sumergí en su literatura. Poesía, ensayo casi político, ideas estéticas, narrativa... todo en Pasolini merece una revisión. Especialmente sus películas, para qué negarlo. Una de ellas está basada en una novela del mismo director, ¿se puede pedir mayor armonía entre la idea original y su reinterpretación? En el fondo, se trata de lenguajes diferentes, pero no es difícil sucumbir a la tentación de ver o leer una vez más el genial Teorema. Hoy lo he recordado, he vuelto a ver la película y me he decidido a copiar uno de mis fragmentos favoritos. ¿Una sugerencia? Descubrid a Pasolini -y a Fellini- en italiano, siempre en versión original.

"Es muy grande el montón de dibujos y pinturas dentro del cuarto de Pedro, que ha vuelto a las pequeñas dimensiones y por eso ha regresado al in­terior. Inspirado, enloquecido, arrebatado, el mu­chacho está inclinado, de rodillas, sobre su mate­rial que, esta vez, está apoyado sobre una especie de atril. Y como ese material es transparente, po­dría verse a Pedro a través del cuadro que pinta. Cuando acaba de pintar el primer vidrio, en silen­cio, Pedro apoya sobre él un segundo vidrio, de manera que sobre el primer cuadro, monocromo, se transparente la monocromía del segundo.
Durante esta operación, los movimientos de Pe­dro son mecánicos e inspirados; su voz, que los comenta infatigable, ha perdido todo color: baja, apenas perceptible, sigue puntualmente los movi­mientos.
Hay que inventar nuevas técnicas que sean irreconocibles, que no se parezcan a ninguna operación precedente, para evitar así la puerilidad y el ridículo. Hay que construirse un mundo propio, con el cual no haya comparaciones posibles. Para el cual no existan medidas de juicio anteriores. Las medidas deben ser nuevas, como la técnica. Ninguno debe entender que el autor no vale nada, que es un ser anormal, inferior, que es como un gusano que se retuerce para sobrevivir. Ninguno debe pescarlo en falta de ingenuidad. Todo debe presentarse como perfecto, basado sobre reglas desconocidas y, por lo tanto, imposibles de juzgar. Como un loco; sí, como un loco. Vidrio sobre vidrio, porque Pedro no es capaz de corregir, pero ninguno debe advertirlo. Un trazo sobre un vidrio corrige, sin ensuciarlo, otro trazo antes pintado sobre otro vidrio. Pero todos deberán creer que no es el ardid de un incapaz, de un impotente, sino una decisión resuelta, impertérrita, altiva y casi feroz: una técnica apenas inventada y ya in­sustituible. O bien celofán o gasa pegados sobre vidrio, y el todo transparente sobre unos cuantos trazos que, por casualidad, han salido bien sobre el cartón, después de mil ensayos penosos y mil otros cartones desgarrados.
Nadie debe saber que un trazo sale bien por ca­sualidad. Por casualidad, con temor: y que cuan­do un trazo, por milagro, sale bien, hay que pro­tegerlo y custodiarlo como en una reliquia. Pero nadie, nadie debe advertirlo. El autor es un pobre idiota tembloroso. Un desecho. Vive en el azar y el riesgo, avergonzado como un niño. Ha redu­cido su vida a la absurda melancolía de quien vive degradado por la impresión de algo perdido para siempre".

[Teorema, Pier Paolo Pasolini]


lunes, 5 de abril de 2010

Mi Semana Santa cultural...

...o de cómo llenar un post de paranoias a mi más puro estilo.

Siempre que estoy de vacaciones me ocurre lo mismo. Con tanto tiempo libre por delante y sintiéndome, al mismo tiempo, extraordinariamente libre fuera de las líneas rectas y los exactos cuadraditos del mundo de la escuela, acabo sumergiéndome en un buen montón de libros, películas, canciones, comics y demás formas de expresión definitivamente artística. Por eso, al acabar cada período (Navidades, Semana Santa,…), por más que deteste lista y clasificaciones, siempre me anoto títulos y reflexiones que me han marcado. Aunque, por supuesto, es para vosotr@s, mis lector@s, también es un pequeño regalo que me hago. Sé que, en unos meses, cuando empiece las vacaciones de verano o cuando quiera encontrarme a mí misma, regresaré por aquí. Empecemos, pues.

No ha sido un elevado número de libros, pero sí horas de lectura para degustar. El falsificador de pasaportes, de Cioma Schöaenls. En si, no es una obra de gran maestría literaria ni un alarde de perfección en el arte de narrar. Su atractivo reside en su calidad de novela autobiográfica; el autor narra su experiencia como judío de ascendencia rusa que sobrevivió en la II Guerra Mundial gracias a sus falsificaciones. ¿Recomendable? Sí, sin duda. A esto tenemos que añadir La pasión según G.H., una novela que me compré en Berkana en octubre de 2009 y que había leído al menos en parte, pero sobre la que deseaba volver y degustar otra vez con calma, al ritmo de música de Enigma. Me fascina la manera que tiene Clarice Linspector de sumergir a su lector en su universo, de jugar con las palabras componiendo un texto literariamente maduro y profunda. Una delicia para saborear con calma. Renée Vivien ha sido mi tercera parada. Ya había leído cosas de ella, pero por fin he conseguido una edición de sus poemas aceptable. Miento: dos ediciones, pero una de ellas traducida simplemente al inglés. Dijeron de ella que era la Wilde francesa y quizá no les faltase razón, pero para mí tiene un espíritu muy propio. Amo sus versos, su manera de cantar a la amada, de sufrir y de ensalzar. Y ahora estoy empezando con Las olas de Virginia Woolf, ya os contaré, porque ciertamente promete.

¿Y música? Escucho una media de siete u ocho horas diarias de música, de manera que a nadie debería extrañarle que tenga mis novedades en este ámbito, aunque siga tan… indefinible como siempre. Quiero destacar Mandalay, con sus dos primeros álbumes de estilo trip hop (un estilo que, debo confesarlo, desconocía por completo; Wikipedia, por suerte, es mágica). Me transporta a otro lugar, me obliga casi automáticamente a cerrar los ojos y dejarme ir. En ese sentido es como Enigma y su Mea Culpa. Mika ha sido otro descubrimiento o, quizá, redescubrimiento. Lo cierto es que nunca me había gustado demasiado, pero después de comprar de oferta su último CD, hay algo en su voz, en sus ritmos, en sus recursos e incluso en su estética que me encanta. Me quedo con Blame it on the girls y sus reminiscencias a música concreta (ah, ese hermoso siglo XX…). Y, por supuesto, Deluxe. Me encanta el indie español y había oído hablar de la música de este chico (que, además, es coruñés), pero nunca había escuchado nada de él conscientemente. Vagancia, supongo. Tengo que decir que su Que no me ha dejado con la boca abierta aunque no se lleve la palma de la excelencia musical y que el estribillo parece ponerle banda sonora a una parte de mi vida y de mi ser. Creo que nunca me olvidaré de ese Decirle a la gente que no… No intentes hacerme cambiar, no me pidas ese favor, siento decirte que no…

He vuelto a ver parte de la filmografía de Tim Burton y llegado a la conclusión de que Eduardo Manostijeras sigue pareciéndome uno de mis personajes favoritos. Siempre me emociono un poco con esa película y con todos sus mensajes. Cada vez que la veo, me digo que mataría por una entrevista con Tim Burton acerca de este filme (bueno, y de todos los suyos, si hay ocasión). Además, he buscado mi lista de películas pendientes del último LesGai de Madrid y he acabado con Affinity (basada en la increíble novela de Sarah Waters) y The World Unseen, que me ha gustado muchísimo. Tenemos que añadir el anime de Nana, del que me habían hablado, pero que no llegué a ver hasta esta Semana Santa. La vida de dos jóvenes con igual nombre y personalidad casi opuesta, una de ellas cantante de un grupo de rock-punk. La psicología de los personajes está trabajada, el dibujo es genial… ¿se puede pedir más? Ah, sí, una buena banda sonora. Pues también la tiene.


Y, para acabar, le he echado un vistazo a un compendio literario, fotográfico y no sé cuántas cosas más un tanto dadaístas que todavía no he podido leer con calma y que me ha dejado un tanto fascinada. Un café en el Bristol y una serie de reflexiones (y lo que no son reflexiones ni necesitan serlo) estéticas a las que necesito volver. Mike, si estás leyendo esto, que sepas que el fin de semana que viene, o el que le sucede, te exigiré el libro de Kahlo.

domingo, 4 de abril de 2010

El anciano de la silla abandonada

Era un anciano de larga barba, como siempre me he imaginado a los rabinos judíos que nunca sobrevivieron a la Shoa. Llevaba en su carrito libros que hablaban de lo hermoso del hombre y, con ayuda de una de sus manos, débil como un junco frente a la tormenta, transportaba una silla plegable. Se levantó de ella para dirigirse a nosotros y explicarnos cómo el ser humano puede conseguir lo mejor de sus cualidades o lo que un grupo de iluminados -esos a los que deploramos con tanta frecuencia- expresan sobre la felicidad humana. Abandonó por instantes su silla, sola frente a la lluvia, esa lluvia que anega la piedra y que un día arrastrará al frágil anciano, pero que igualmente nos reclamará con el débil susurro de la muerte.



Nota final: Resulta increíble la de cosas que una llega a pensar y aprender en una mañana que transcurre fría y lluviosa bajo los soportales de la mística ciudad de Santiago.

sábado, 3 de abril de 2010

Quiero

Quiero beber a la luz de la luna una taza de capuccino con espuma clara y un corazón desdibujado. Quiero perderme en los versos de algún artista lo bastante loco para capturarme en sus redes de ilusión y de engaño. Quiero postrarme ante un cuadro de Caravaggio y grabar en mi mente la perversa e inocente sonrisa de su Eros. Quiero ver una película complicada e incomprensible, escandalosa y provocadora, pero con tal profundidad que me arrastre irremediablemente a las lágrimas. Quiero emocionarme verdaderamente. Quiero escuchar las cuerdas de un violín en el canto del cisne que muere al alba, alcanzando el agudísimo tono del inicio de una obra de Borodín. Quiero que alguien me narre una historia tan extraordinariamente subyugadora, que no pueda sino dejar de pensar y fundirme en ella. Quiero fotografiar los ojos claros de un gato a la luz del mediodía ártico y la desnudez de una cortesana japonesa rodeada de orquídeas. Quiero sumergirme en un anime profundamente esteticista, con una banda sonora que despierte algo dentro de mí y unos personajes que me hagan pensar durante horas. Quiero gritar frente al mar y arrojarme entre las olas de espuma viva para, sin aire, respirar profundamente. Quiero escribir hasta quedarme sin tinta y sin alma, plasmar mi vida y reinventarla, crear algo capaz de llenar el vacío del atardecer. Quiero danzar bajo la lluvia con el cabello suelto y corto, ni hombre ni mujer, ni siquiera persona. Quiero existir y, al mismo tiempo, desparecer para siempre.


Banda sonora de este texto: It's enough now, Mandalay.
Imagen: Visita a Santiago, marzo de 2010.
Nota final: Un estado de ánimo demasiado extraño, desde luego. Hoy no ha sido el mejor día, tampoco el peor... bueno, quizá sí, si exceptuamos la tarde perfecta. Sólo que la lejanía me lastima, que necesito con urgencia un nuevo viaje a Cambados, que a veces me canso de no tener metafórica casa en la que refugiarme; y que necesito, y esto es cierto, leer a Virginia Woolf con urgencia. Ella, Lorca, Wilde y Renée Vivien son la mejor de las drogas literarias.

viernes, 2 de abril de 2010

Poesía

Poesía. Maldita, soñada, aprendida, manipulada, vendida, comprada, entregada, subestimada, prohibida, ensalzada, adorada, reverenciada. Vivida. Quien se decide a escribir poemas se arroja sin remisión al grato abismo del desvelo y la feliz amargura. Voluntariamente, se obliga a mirarse en el espejo, ese espejo que a veces permite la más favorable distorsión de la realidad y que otras juega con la mente para dañar en autodestructiva ansia de dolor. Es ése el punto -donde lo ficticio y lo real se juntan, donde el palpable frío del mar y la hermosura de éste hacen rozar su calidad de extremos- en que surge el irremediable estallido. El trueno, la tempestad calma, el brillo repentino y fugaz, la avalancha de cristales de hielo. Y el ansia. De escribir, de tomar la pluma o el teclado, trazando palabras y letras imposibles, difíciles de escoger y, al tiempo, de reprimir y obligar a quedarse adheridas al papel; de impedir una nueva huida de lo expresado hacia la mente creadora. Quien escribe poesía, se sumerge en su propio ser; puede, por unos instantes, ser ese dios que ve y conoce aquello de sí mismo que con tanta frecuencia le es negado. Quien escribe poesía, se descubre y se observa, se asoma a lo que jamás antes se atrevió a ver. Quien escribe poesía aprende a vivir.


Nota final: La Semana Santa está resultando simplemente increíble. Mi Gaylle, el gran picnic, Santiago lloviendo (Chove en Santiago, meu doce amor...), Cambados contigo... ¿se puede pedir más? Estoy extraordinariamente prolífica en lo que a escribir se refiere y, aún así, no acabo de centrar ideas. Leo a Renée Vivien y a Lorca de forma obsesiva y doy vueltas a un nuevo proyecto literario, quizá retomar cierta novelilla... aún no lo sé. Y, además, con Yuri -mi cámara, queridos, mi cámara- estoy disfrutando de unas excursiones cuanto menos artísticas.