miércoles, 23 de febrero de 2011

Las palabras no sirven, son palabras

Y tú, ¿de qué tienes miedo?
Ella se detuvo al borde del lago, donde yacían los cadáveres verduzcos de los cisnes. Una estela de sangre -rubíes de cielo- dibujaba un camino de agonías entre sus huesos helados y arrancaba sus últimas plumas. Temblaba la nota más aguda de un violín -las estepas azules- en el aire y temblaban también las lágrimas entre helechos quemados.
Y tú, ¿de qué tienes miedo?
Caminó uno, dos, tres pasos. El hielo bajo sus pies era tan delgado que permitía observar con inaudita claridad el fondo de las aguas, donde flotaban nervios de gasolina ardiente y el aire era amarillo, sujeto y objeto de una burbuja defenestrada. Ella resbaló. Calló, silenciando así su caída. Y los cisnes se estremecieron un segundo, muertos, con las gargantas abiertas de temor y de llamas.
Y tú, ¿de qué tienes miedo?
Ella vino a mí y se miró en mi reflejo pálido. Extendió la mano y me tocó. Una vez. Y otra. Y otra más. Me dijo: "Te odio". Le dije: "Lo mismo siento yo por ti". Pretendió abofetearme, pero sus dedos rozaron la superficie de cristal y de hielo sin tocar más que la reproducción de sus propias uñas. Me miré en sus ojos de helechos y le sonreí, a medias burlona, a medias sincera. Ella también se rió. Creo que se reía de sí misma. No me extraña.
Y tú, ¿de qué tienes miedo?
Se sentó junto a los cisnes muertos y se acarició delicadamente la piel, casi como si se tuviese lástima. Su cuerpo blanco se confundía fácilmente con la nieve y en el aire había un reflejo oscuro de sus cabellos. Estaba desnuda. No, no sé por qué estaba desnuda, aunque en ese momento comprendí que era así como debía estar. Quizá porque yo la miraba y ella me miraba a mí. Qué horrible vista era la de sus pupilas vacías, dos balas perdidas de una guerra que había terminado mucho tiempo atrás.
-Triste reflejo de plata, ilusión tímida en este atardecer de hielos -me susurró, arañando débilmente mi rostro de agua con la punta de sus uñas moradas-. La poesía ha muerto. No sirve. Las palabras no sirven, son palabras. Ha muerto mi lenguaje y ha muerto mi espíritu de cieno. Ha muerto mi boca, que ya no sabe qué decir para tocarla, porque se ha equivocado siendo ella. Ha muerto mi tierra y mi valle escarpado, coronado de rosas y de mieles amargas.
Se rió. Tenía una risa rota, quebrada en mil pedacitos diminutos, que se derramaba hilo a hilo, madeja a madeja de seda y oro. Lloraba con su risa oscura, pero yo sabía que no me dejaría beber sus lágrimas. Ya bastaba con las mías.
-Ha muerto la poesía -volvió a reírse, se levantó y alzó los brazos, ensayando una pirueta sobre el hielo y la nieve-. Ha muerto el veneno de mi lengua, porque no basta para llenar de aire amarillo mi corazón de plomo. ¿Qué importa ya mi clamar mudo? No sé hablar. Las palabras no sirven, son palabras. Y aunque busque mi alma la expresión máxima, se hunde en la tierra y en la sangre, se anega de vacío y de silencio. Duele. El peso del mundo es demasiado grande para un solo hombre, y yo soy una mujer. No quiero ser Atlas. No quiero ser Dionisio coronado de pámpanos. No quiero ser Atenea en su altar de la sabiduría. Yo quiero ser Prometeo y sufrir mi castigo por siglos, y expiar mi culpa verdadera junto a las voces verdaderas y olvidadas. Quiero pedir perdón -pedir perdón, a ti, triste reflejo de plata- y cantar mi agonía de lunas. Ha muerto la poesía y todos debemos danzar en torno al túmulo. Así que levántate. Ven, coge mi mano. Rásgate las ropas y danza, pues ha muerto la poesía. Debo apurar hasta la última gota de este cáliz de hiel, que calma mi sed y me doblega, que me ata y me conduce a la cruz blanca, mil diamantes de anhelo y de nube. Allí, cordero de un dios sacrílego, sacrificio negro al azul del agua, esperaré la hora de descender al sepulcro. Besaré los picos de los cuervos y gritaré, tan fuerte que nadie podrá oír mi voz reseca.
Elí, elí, lemà sabachtaní?


Notas finales: Ejercicio literario a partir de una canción, You're loved. Las citas en cursiva son, respectivamente, de:
-Nocturno, de Rafael Alberti.
-Una casa de granadas, de Oscar Wilde.
-Evangelio según Juan. Significa Dios mío, dios mío, ¿por qué me has abandonado? Me ha impresionado siempre. Mucho.
El cuadro es de Dalí. Siempre me ha marcado. Primero, por la posición del crucificado. Y especialmente -amén de la composición y los detalles técnicos- por el papelito en blanco sobre la cabeza del hombre. No pone INRI; no pone nada. Podría ser cualquiera -podríamos serlo todos los seres humanos- quien colgase de la cruz. Puede colgar esperando mi nombre -o el tuyo, triste reflejo de agua- desde hace demasiado tiempo. Puede que ya esté escrito. Puede que yo sea el hombre de la cruz y, en ese caso, sería mi propio dios. Eso demostraría que dios se equivoca; siempre.

domingo, 13 de febrero de 2011

Michel

Y salí del espejo, hacia una galería del colapsado cementerio.
Un pájaro esmeralda y parlante se posó en un arbol esmeralda y cantó:
'Eres un hombre. Eres un hombre. Y además, estás viejo'.
'En el camino desolado donde los sagrados dioses y viajeros van y vienen,
¿no son todos los seres míseras prostitutas?'
A voz en cuello gemí en la tarde esmeralda.

Era frecuente verle en la última mesa del Joyce’s, con el cigarrillo a medio consumirse entre los dedos y el libro de poesía apoyado en el regazo, abierto como los lirios que se desgarran frente a las amapolas. Ante él, una taza de té humeante. A veces, té rojo; otras, de melocotón. La regla era que tuviese un tono rojizo o anaranjado, semejante al de la vida y al de la sangre. Casi siempre bromeaba al respecto. Beber sangre, emulando a los vampiros, era la mejor manera de ganarse un sitio en una comunidad de falsos freaks, de fanáticos de telenovela gótica, de eternos adoradores consumistas. Espera, me equivoco. Michel no bromeaba. Nunca lo hacía. Tenía mucho más interés en su cigarro a medio consumir y en su libro de poesía, que bebía versos de días y noches.
Michel no vestía a la moda, ni necesitaba hacerlo. Le recuerdo con sus pantalones oscuros y sus camisetas escritas en hebreo, con sus chaquetas de hace un siglo y sus cazadoras de piel. Decía que el hebreo, una lengua numérica, superaba con creces al latín y a los tristes idiomas germanos. Supongo que le hacían gracia los fundamentalistas, los fanáticos y los religiosos. O, quizá, simplemente necesitaba jugar los juegos de la probabilidad y los supuestos. Equivocarse siempre, sin caer jamás. Ensayo y error sin vacíos, ni emociones, ni dolor.
Y no era cosa de que el dolor le disgustase, pero él se lo buscaba, cuando quería y como quería. Una media sonrisa le iluminaba siempre el rostro; tú le mirabas y sabías que jamás podrías hacerle daño. No, no era para ti. No era para nadie. Jake presumía con demasiada frecuencia de llevárselo a la cama cada sábado, pero yo sabía la verdad. La terrible verdad. Michel no era de nadie. Michel se pertenecía a sí mismo, y con eso le bastaba. A todos debería bastarnos.
Había hambre en los ojos de Michel. Era Tántalo con la garganta quemada de sed, extendiendo los brazos hacia las granadas abiertas y las rosas secas, marchitas, heridas de muerte y azucenas. Sentado allí, el cigarrillo ya consumido y el libro abierto, sonreía al aire con la esperanza de seducirlo. Y tú te acercabas; yo también lo hacía. Michel tenía el magnetismo de los desesperados que no desesperan por nadie. Bebía su taza de té en silencio y leía en voz alta. Le daba igual que te rieses de sus afanes poéticos. Le era indiferente que mirases con un gesto extraño el girasol o el jacinto que adornaban su solapa. Le importaba demasiado poco que llorases nubes y cielos a sus pies. Realmente no significabas nada para él; yo tampoco. Los dos le amábamos, quizá porque él no nos amaba a nosotros.
Le gustaba el sexo. Mucho. No había tabúes para él, ni mentiras, ni oscuros recovecos de condena. Le gustaba lo oscuro si se oponía a la luz de los sepulcros farisaicos o las túnicas de los inquisidores. Le gustaba la mente de las personas y estaba convencido de que podía explorarse, dominarse y transformarse. Le gustaba gustarse. Le gustaban los espejos iguales, los besos que sabían a vodka y las despedidas. Sí, disfrutaba especialmente de las despedidas. Acabar, cerrar, quebrar, terminar, finalizar. Jamás empezar. Eso era para otros.
-Sí, sí, sé que prometí no hacer lo mismo que él -me dijo un día con una sonrisa de agua-. Pero, ¿qué quieres? Yo antes era como tú, y me iba bien. Supongo que me iba bien, ¿qué más da? Soy quien soy ahora. No, no me importa lo que tengas que explicarme. ¿Un monstruo, dices? Quizá un hacedor de paradojas y contradicciones, un maestro de las lunas y un aprendiz del destino, un perfecto mentiroso que odia las mentiras -se rió y apagó el cigarrillo con un gesto elegante-. Vamos, no pongas esa cara. Sabes que, en el fondo, ni siquiera te importa. Plaudite, amici, comedia finita est.
Tú lloraste. Yo también lo hice. Y él pidió otra taza de té, encendió un cigarrillo y prosiguió su lectura.


Nota final: La imagen es un gran trabajo de Cocteau. En cuanto al texto, lo escribí muy tarde, extrapolando un personaje de otro relato. Michel siempre tiene un valor misterioso en lo que escribo. Surgió mientras leía una antología de poesía, al encontrar el poema del autor japonés Mutsuo Takahashi que inaugura este artículo. Me gustan esos versos y, a día de hoy, no sé todavía por qué.

domingo, 6 de febrero de 2011

Un corsé, dos rosas y tres velas para el demonio

[...]

Un silencio frío se extendió entre ellos. Alex se llevó la mano a los labios y rompió a llorar sin un solo sonido. No entendía por qué estaba llorando. Sus ojos iban de la ropa a la figura de su Amo, tan elegante como siempre, y de su Amo a la ropa. Quería ponérsela. Ah, cómo lo deseaba. Quería presumir con las medias bordadas delante del hombre a quien pertenecía, y postrarse a sus pies, y dejar que le azotase con la fusta hasta que no le quedasen ganas de pensar en rebelarse. O fingir que se rebelaba. Quería besarle las elegantes botas para demostrarle lo agradecido que estaba y, después, cuando toda la escena acabase, acostarse a su lado y confesarle que había sido el mejor cumpleaños de su vida. Pero sólo acertó a llorar en voz baja, sin atreverse a mirarle o a decir nada más.
Recordaba demasiado bien a su padre. Sí, ¿cómo iba a olvidarlo? Sus gritos cuando le había descubierto se le habían grabado en lo más hondo. El dolor -qué diferente era el dolor placentero del dolor que dejaba regustos amargos- al quedarse solo en su habitación, con el cuerpo lleno de moratones. Él no había querido hacer daño a nadie. Él no había querido ofender a Dios, ni a la Iglesia, ni a ese Generalísimo del que tanto hablaba su padre. Pero nadie le había entendido. Alex había corrido a las habitaciones de su madre y se había probado casi religiosamente sus vestidos. Se había calzado sus zapatos. Se había pintado las infantiles mejillas con mucho colorete y se había mirado al espejo. Sólo tenía nueve años y el dolor de una Primera Comunión hecha con traje de niño le pesaba. Había sido una carga muy grande, pero, en esos momentos, cubierto con el vestido de verano de su madre -flores rojas y verdes, como las de Lorca- se había sentido libre. ¡Libre! Se había reído. Había ensayado, incluso, un movimiento de brazos de sevillana, orgulloso. Y, en ese momento, había llegado su padre.
Alex bajó la mirada, avergonzado de sí mismo. Los chicos no se ponían vestidos. Los chicos no se maquillaban. Los chicos jugaban al fútbol, llevaban pantalones y lanzaban piropos a las muchachas. Los chicos se ufanaban de sus formas varoniles, se peleaban en el barro y escribían sobre la guerra. Y él se consumía de repugnancia cada vez que se miraba al espejo y descubría un cuerpo que no había pedido. Cerraba los ojos, como si aquella ‘cosa’ que colgaba entre sus piernas fuera a desvanecerse por ello, como si su pecho plano fuese a redondearse mágicamente o sus estrechas caderas estuvieran a punto de tornarse fecundas. Qué guapa estás, Alex. Su reflejo se reía dolorosamente de él. Acababa comprobando que de sus propios labios brotaba la risa; escarchada, rota en pequeñísimos pedazos. Como él mismo. No era nada: sólo una sombra entre sí y el no, un pelele sacudido por el viento, un juguete de un dios que le había vuelto la espalda.

[...]



Nota final: Esto es un extracto muy reducido de un regalo de cumpleaños para una amiga, que escribí con todo el cariño, aunque no sean mis registros habituales. Creé a Alex en base a Alessandro, un personaje de mi De Profundis. La salvedad es que Alex -Alejandro o Alexandra- se siente mujer y ni siquiera sabe lo que está sintiendo.

domingo, 23 de enero de 2011

Imago mortis

-El ojo humano es una pequeña esfera blanca. En él, resulta posible distinguir el iris, que tantos se quedan mirando como si señalase el final de los tiempos y la pupila, que funciona como una pequeña ventana a la realidad.
La voz de don Teócrato pocas veces había sido tan aburrida. Cuando él hablaba, una suerte de monotonía de noviembres enlazados flotaba en el aula, llena hasta los topes de críos harapientos. Era una monotonía de rostros dobles, que oprimía y asfixiaba con la actitud silenciosa de un refinado sádico. Oh, sí, lo recuerdo muy bien. El latido primero y último, dos timbres iguales que señalaban principio y fin de las clases. ¿En verdad cree usted que puede llegar a imaginarlo? Era un latido siempre reiterado, siempre repetido; entregado a una eternidad que se constituía como la máxima negación del tiempo. La voz de don Teócrato, viejo buitre de alas cortadas, nos recordaba una y otra vez la verdad de nuestros días: nos habíamos perdido, a caballo entre lo que había sucedido y lo que ya jamás ocurriría. Nos habíamos convertido en un frágil reducto de mariposas quemadas, en un oasis ficticio, en una quimera de enseñanzas prometidas e ignorancia asegurada. Don Teócrato elevaba un día a los altares al antiguo Horacio; al siguiente, era la aritmética lo que motivaba los movimientos de sus manos huesudas, como garras de pájaro tieso. Yo tan sólo podía pensar en que, apenas dos meses después, tendría que abandonar aquel aula desvencijada para ayudar en casa. Eso había dicho mi padre. Y, aún siendo consciente de que posiblemente no me crea, le diré que realmente no deseaba irme.

[...]

Cada vez que miraba los ojos de Daniel, no podía evitar imaginarme también los ojos de los cuervos. Eran tan diferentes… ¿Ha mirado usted alguna vez a un cuervo a los ojos? No lo haga. Son negros y están hechos de carbón y cuero quemado; ni siquiera existen, ocultos por el oscuro plumaje. Sé que los cuervos estaban celosos de la mirada azul de Daniel. Yo también lo estaba, pero tenía todo mi derecho: él había sido mi mejor amigo, antes de que el hijo de los vecinos, aquel cuyo padre se había enriquecido en las Américas, le hiciese abandonarme. Habíamos jugado entre los arroyos, cazados saltamontes y peleado como dos verdaderas fieras. Nos habíamos prometido amistad eterna, en un intento de emular a los viejos héroes; yo le había jurado protegerle, por encima de todo. Y él, entonces, me había abrazo y me había dicho: “Te quiero mucho, Cándido”. Era el único que no se reía de mi nombre. Y, también, el único que me había dirigido semejantes palabras, tan poco propias de un hombre. Luego, cuando me escupió a la cara y se marchó con Antonio el de los López, tan sólo me quedó su mirada azul, que a veces se clavaba en mí durante las clases. ¿No le parece pueril que lo recuerde?
No deje que me desvíe, por favor. Como le decía, los cuervos eran mis rivales. Yo sabía muy bien lo que tramaban. Estaba convencido. A veces, llegaba incluso a temer que aquellas aves se abalanzasen sobre Daniel, tal como el cuervo de los relatos de don Teócrato se precipitaba hacia el mal ladrón clavado en la cruz. Y, al mismo tiempo, lo deseaba. Entonces, imaginaba a un sinnúmero de aquellas aves -cientos, miles, millones; una masa negra y ruidosa- posándose sobre el bonito rostro blanco de él y hundiendo sus patitas en la carne suave, dejando que leves regueros de sangre -el sacrificio de nuestro señor Jesucristo- se deslizasen por su cuello. En ese momento, casi como culminaciones, veía los picos, hechos de ébano o de arcilla, hundiéndose en los blancos globos oculares y llevándose la luz, llamando a gritos a la oscuridad. Una oscuridad sin nombre, igual a la sangre de los ahorcados. Bastaba un instante más para que un escalofrío de excitación me recorriese entero y me obligase a separar la vista de Daniel, preocupado porque él descubriese mi expresión de extraña ansiedad. Era un juego divertido mirarle sin que él me viese.

[...]

Ahora me dedicaba su eterna sonrisa, que se deformaba lentamente hasta convertirse en una mueca de extrañas dimensiones. La voz de don Teócrato se perdió muy lejos y el murmullo de las plumillas sobre el papel se hizo extrañamente distante. Sólo existía la expresión de burla en el rostro de Daniel; su naricilla ligeramente fruncida, su mirada buscando en ocasiones la aprobación de Antonio. Parecía recordarme lo que jamás había sido y jamás sería. Parecía reírse de mí en mi propio rostro. ¡Lo estaba haciendo! Podía escuchar las carcajadas estremeciendo el aire lento y frío del aula, cortándolo en pedazos muy finos. Eran sus carcajadas. ¡El demonio, el demonio! ¿Era posible que don Teócrato no lo escuchase?
Las manos comenzaron a temblarme. Lo hacen ahora, mientras escribo esto. Yo sé muy bien lo que desean, pero ya no puedo dárselo. Es demasiado tarde. Antes no lo era, ¿sabe? Por eso lo hice.
Para cuando quise darme cuenta, había empezado a sudar y a respirar muy fuerte. Me puse de pie frente al pupitre y don Teócrato me miró con un gesto de molestia en su rostro anciano.
-¿Qué le ocurre, señor Martínez? ¡Siéntese!
No le oí. Daniel me miró esta vez de manera fija y las carcajadas que resonaban en mis oídos y golpeaban las paredes, regresando para atormentarme, se hacían más fuertes. Era Antonio quien se reía, recordándome lo inútil que yo había sido como amigo. También Daniel, con un deje de ironía en sus ojos. Ah, sus ojos… ¡Mentían! Se lo aseguro. Eran un beso de Judas, una cabeza de san Juan Bautista sobre el sexo de Herodías. Eran lo más abyecto que usted pueda imaginarse. Aquel inocente azul se erigía como una estatua de falsas utopías trasnochadas y aquellas pupilas prometían visiones limpias de malos prejuicios que se estrellaban contra las paredes de la realidad.
-¿Qué te pasa, Cándido? -La voz de Daniel fue lo único que pude escuchar en esos momentos-. ¿Ahora te has puesto enfermo como la fresca de tu madre?
Ella se estaba muriendo. Y él lo sabía. Lo sabía. Las carcajadas se tornaron mucho más intensas; de lo fuertes que eran, podrían reducir a añicos las paredes y los vidrios que había sobre la mesa de don Teócrato. Caminé dos pasos. Faltaban otros tres. Y luego ya ninguno. La punta de la estilográfica se hundió sin emitir un solo sonido; me sorprendió constatar lo blanda que era aquella esfera blanquecina. Imagino que Daniel chilló; ya supone usted. Me quedé mirando la sangre densa y oscura que corría por su rostro. Sonreí. Sí, yo tenía razón. La sangre relucía tan negra como la había imaginado.


Nota final: Estos son fragmentos de un relato tremendista (sí, tremendismo de los años 40, Cela y toda esa gente a la que no guardo un aprecio literario muy claro) que tuve que escribir para literatura. Se me ha ocurrido publicar esta pequeña parte, quizá porque es algo diferente a lo que redacto normalmente. La imagen pertenece a la genial película Un chien andalou de Luis Buñuel y Salvador Dalí; junto a una canción de Rammstein, me inspiró para redactar mi texto.

domingo, 16 de enero de 2011

Porque es cierto, Alois: quieras o no, la vida te da sorpresas. A la vuelta de una esquina, entre los huesos rotos de las rosas, a los pies de la estatua de piedra. En el susurro silente y sumiso del aire. En el último canto del pájaro que cae frente al sol. En un juego decadentista. Rimbaud y Verlaine no se equivocaron. Y se amaron hasta apurar el último delirio.
Nunca digas nunca. Que si este cáliz no es para ti, que si los lirios amenazan con espadas encendidas, que si rompen las olas en un mar que ya no es el tuyo. Nunca digas nunca. Que si no puedes ni sabes querer, que si ése no es tu sitio, que si no hay rosas húmedas para ti. ¿Me oyes, Alois? Nunca digas nunca.
Porque algo ha gritado que siempre. Alguien ha dicho que sientes. ¿Puedes mentir ahora? ¿Pues clavar tus adoradas esquirlas de sol y castigo ahora?
No, no puedes.
Porque sabes y quieres saber, porque puedes y quieres poder, porque sientes y quieres sentir que ella.

Que Ella.

martes, 4 de enero de 2011

Encadéname

No quiero sentir miedo. No quiero temer la sombra oscura del tiempo, esa devoradora de rosas fragantes, esa blanca ilusión de carne y mármol. No quiero temer la frialdad de las salas vacías y el helado tacto de los clavos en mi pecho, hundiéndose lentamente entre sangres impuras y yermas. No quiero temer la soledad impuesta por las calles desiertas y las luces de neón, ángeles desgarrados de cielos antiguos. No quiero temer el latido primero y último de Arthur. No quiero temer el sabor del vino acerbo que es el recuerdo, ni la pálida derrota del olvido.
No quiero temerme.
No quiero temerte.
No, no quiero sentir miedo. Nunca más.


Tenemos todo el tiempo del mundo. Tenemos la eternidad entera, cuajada de cristales, a nuestros pies. Lo tenemos todo.
El reloj está parado; pasan ya de las ocho. Llegamos tarde al banquete de los bienaventurados. Ni el Conejo, ni Alicia, ni la Reina Roja nos esperarán. Quizá el Sombrerero nos comprenda, pero no dirá nada. Sabe que no queremos que diga nada y asume que es de locos llegar a tiempo, en especial cuando el Tiempo, así con mayúsculas, es nuestro.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Segundas oportunidades

Dime que debería quedarme por ti,
dime que podría tenerlo todo…
Estoy demasiado cansado para que me importe.

Y Alois movió la cabeza en señal de negación, y avanzó dos pasos, y dejó escapar una carcajada triste...
-Querido Arthur, me sorprende la de gente que se desliza por mi vida sin dejar poso. Creo soy como un terreno yermo e impermeable, como desiertos de plástico y vinilo. No puedes tocarme ya. Conociste la ilusión de tenerme, pero es y será siempre una quimera blanca. Enrédate con ella; no me reiré, no lo disfrutaré, pero no sé de compasiones vacías. Escúchame. Ningún tren pasa dos veces y, por eso, necesito vivir al máximo, sabiendo quién soy con intensidad nueva. Necesito respirar mi aire, no la saliva viciada de tus viejos cigarrillos o el sabor de tu piel entenebrecida por los violines. ¿Y qué? ¿Qué, ahora? ¿Qué, cuando caes con cada palabra, con cada acto, con tu egoísmo tan humano? Me dirás que yo también me equivoco, que soy ególatra e individualista, que no me importan las emociones, que genero asco. Es cierto, lo acepto: tienes razón. Pero deja que te diga algo: existe una diferencia. A ti te importa; a mí, no. ¿Lo has oído? Por eso mis personajes sienten. Porque yo no puedo. Y quiero… ¿quiero? No me hagas reír, Arthur. Enciende tu maldito cigarrillo y olvídate de mí. Araña la espalda de otro; gemirá en tus labios y así -sólo así- sabrás que vive. Yo llevo la muerte tatuada en el pecho. No puedes cambiar eso.
Lo siento, es demasiado tarde. Para todo, para nada… para ti y para mí. Extiendes los brazos y ansías tomar rosas de vientos fríos que hoy son ya lirios; donde antaño llovía, no existe ahora sino el sol y el desvelo. Vete. Por lo que más quieras, deja de llorar como un imbécil, y márchate. Está bien, está bien; tienes razón. Soy yo quien debe irse. Tu tienes una existencia de cuadrados, sentimientos y latidos. Sabes demasiado bien, querido, que yo no necesito respirar. Bésame. Una vez más. Tus labios y el tacto antiguo de tus dientes en mi hombro. Quieto. No quiero marcas, ¿olvidas que no soy tuyo? ¿Olvidas que nunca lo he sido?
¿Querías que me fuese? No, no necesito mi ropa. Tampoco el teléfono. Puedes quedarte los símbolos vacíos. Y, definitivamente, no quiero que me acompañes a la puerta. Sería ridículo que volvieses a llorar. Tu tren se ha escapado en el horizonte. Te lo has ganado a pulso, día a día, palabra a palabra. No tienes la menor idea de cómo jugar con las mariposas. Tus manos torpes quiebran las alas, arrancan las diminutas patitas y se llevan los suaves colores de la vida con una crueldad que el propio Vlad envidiaría. Ya ha sido bastante. No hay segundas oportunidades. Sí, sé que el viejo profesor de matemáticas te decía que no importaban tus errores, pues siempre podrías intentarlo de nuevo. Era sólo un idiota, creando y programando idiotas para continuar religiosamente esta sociedad idiota. Las segundas oportunidades no existen. Yo no voy a dártelas, pues la vida jamás me las ha entregado ni me ha enseñado cómo hacerlo. Ahora me toca reírme. Adiós, Arthur. Y que te vaya bien.


Nota final: Escribí este texto hace ya un tiempo... ¿una semana? ¿Dos? Fue un delirio breve, un diálogo bilateral. Tengo la rara costumbre de crear personajes opuestos y darles valores relacionados con estados de ánimo y sentimientos. Lo siento, Arthur me cae mal. Es un perfecto imbécil; lo ha sido desde que surgió de mi pluma. Y Alois... Alois es la clase de persona a la que nadie querría y que, por desgracia, a veces me saluda desde el espejo, al igual que Nemo. Paranoias sin sentido que, a veces, necesito escribir, lejos de la mera poesía en prosa. ¿Inspiración? Una película de los años cincuenta y una canción de Stone Sour. Y la sensación de dejar que algo dentro de mí se desvanezca, como el humo de un cigarrillo en el aire...