jueves, 1 de septiembre de 2011

Nocturno

Visita en esta noche a tu condenado a muerte
(El condenado a muerte, Jean Genet)

Soñé
que yacía en la encrucijada
donde laten cuatro castillos
y humean las ruinas
y las serpientes abiertas.
Soñé que me mordías entera
con los ojos vueltos del revés
y los cabellos haciendo torres
de coral y de sangre
y de vida y de cielo.
Pero me gusta el amarillo
y me gusta demasiado temblar
si sopla viento
y arañar el casco de los barcos
antes de que me cuelguen
por los tobillos
a las puertas de la muralla.
No tengo miedo.

Me corté dos dedos
de la mano izquierda
porque los sacrificios
son dulces en los picos de los
cormoranes.
Y dejé
que ellos me arrancaran
el pelo
mechón a mechón,
gota a gota
de sangre quieta
porque quería ser tu puta.

Soñé
que yacía en la encrucijada
con las manos atadas a los cuatro
puntos del viento
y que las nubes
cortantes
como de acero
me besaban los labios.

Mi sexo es una orquídea
húmeda.

Y no había silencio
ni gritos.
No había nada
porque yo no era nada
ni nadie.
Porque
yo
era tan sólo el pulso mantenido
que se desvanece y renace.

Soñé
que yacía en la encrucijada
con los ojos velados
y las manos atadas
a las cuatro señales
del viento.


Nota final: Esto debe leerse con Venus vina musica, de Corvus Corax a modo de fondo musical.

sábado, 27 de agosto de 2011

El silencio parecía un gigante...

Zoume s’enan kosmo magiko
me fonto tin Akropoli, to Lykavitto

(Eleni, Haris Alexiou. Transliteración)

Y girar, girar sobre la hierba con mis manos prolongadas en las tuyas y mi cuerpo tendiéndose, y esa sensación de desaparecer, de hacerse pequeña en la lluvia pálida. La locura de Circe -y verdoso Verdi- cayendo entre suspiros. El té se enfría en las viejas copas de coñac; no me importa. Atropmi em on. Podemos dar la vuelta a los sentidos, perdernos entre palabras, prometernos un cielo sin dioses. Podemos. Me gusta el reflejo amarillo en las torres iguales. Quiero que me lleves allí otra vez. Quiero, quiero, quiero, quiero. Eran cuatro, ¿no? O veinticinco. Qué más da. Girar, girar y gritar tan alto que se estremezcan los pájaros. Y reír con el vientre abierto y los labios ardiendo de nieve. Y reír hasta que el rostro se rasgue de luz y no quede más que la voz claveteada en el aire.

Quiero mi silencio. Quiero dormirme entre mantas de esparto y despertar con los dos brillos de una bombilla rota. Quiero soñar (te) (me) (nos) y no abrir los ojos salvo para mordisquear los párpados de los perros. Que esta vez lo sé; esta vez gano yo. Gano mi lugar y mi destino. Y es una victoria dulce, que se derrama como néctar en mi pecho, que me envuelve en la calidez de las cuerdas pulsadas, que me promete y me sujeta. Que me eleva. Es una victoria dulce, muy dulce. ¿Importa acaso que el té se enfríe? Esta mañana me dueles suave en todo el cuerpo. Esta mañana remuevo los libros y bebo páginas, golpeo los cristales hasta romperlos y acaricio las sábanas. Tengo dos manos, dos ojos, un cuello, un vientre y dos piernas. Tengo una lengua que sabe susurrar conjuros y unos brazos que se rinden sin rendirse. Tengo una mente que se abre y es un páramo, y es violeta, y tiembla, y conoce transformándose. Me tengo; por vez primera en mi vida, me tengo, me llamo, me grito. Existo. Quizá por eso puedes verme. Quizá por eso puedes soñarme y puedo soñarte yo a ti. Quizá por eso podemos vivirnos.


Nota final: Imagen del photoshoot para Vogue a cargo de Steven Meisel (Venus in furs). La cita del título es de Huir del invierno, de Luis Antonio de Villena.

miércoles, 24 de agosto de 2011

The year of the cat

Alois durmió una noche blanca y, rozado el amanecer, decidió que no quería despertarse. Pero el alba no le otorgó tregua y le arrancó, pestaña a pestaña, los sueños de los ojos y el vino acerbo de los labios. Entonces los párpados se abrieron heridos de luz. Movió con dulzura antigua el pie izquierdo y se enredó en las sábanas. Los viejos vinilos yacían esparcidos por el suelo. The year of the cat... Había una crónica de suicidios prendida en su boca y una nota de despedida que se agrietaba -humo pálido- entre dos mesas simétricas. Pero ven, tómame, bébeme, víveme. Escarcha y cielo en los techos vueltos del revés. Bowie fumaba un cigarrillo en la pared de la izquierda y los libros se amontonaban, orgía de páginas y promesas. Un culto a Dionisos vago y vacío.

Alois se dio la vuelta en la cama. Las noches blancas. Tenía dos marcas -simetrías, siempre simetrías- en los tobillos y su pie izquierdo jugaba con las sábanas, enredándose con una sensual dulzura. Sólo él sabía cómo hacerlo y, sin embargo, esa mañana decidió que no quería despertarse. Se habría arrancado las entrañas si con eso bastase para detener los gritos. Pero seguían allí, círculos exactos dentro de su cabeza. No los había trazado él, de manera que era absolutamente imposible conseguir que se callasen. Y por eso buscó la voz. Por ese mismo motivo la encontró perdida entre dos riscos y se raspó las muñecas con tal de alcanzarla. Lo hubiese dado todo por tenerla. Era quizá la primera vez en su vida que deseaba algo verdaderamente; dulce matiz de desesperación que acariciaba sus pensamientos. No tenía experiencia deseando porque jamás se había permitido desear.

Las paredes empalidecían y se retorcían en una proyección de espejos a la inversa. Alois había corrido durante horas, días, meses, años enteros. Había corrido los mil ochocientos cincueta y cuatro laberintos del Señor sin que existiese tregua para su garganta, cascada fina de trigo. Libera me, Domine, de morte. Y he aquí que la mañana se le enredaba en la piel y el susurro subía despacio por su pie izquierdo y quemaba su pecho con fuegos antiguos. Porque Alois respiraba. El aire se cristalizaba y le cortaba despacio los labios. Alois respiraba. Se le hinchaba el pecho de lunas y se abría una rosa de sangre entre sus piernas. Por eso buscaba la voz.

Se arropó con tres palabras y cerró los ojos al cielo. Que si había que luchar, lo haría de rodillas y con el veneno en los labios, el manto en el suelo y los ojos brillándole de conjuros prohibidos. Que si había que luchar, lo haría sin máscara y a pecho abierto, a vida entregada y a grito mudo. Que si había que luchar, lo haría con la sensualidad antigua de sus piernas de gato, asumiendo la rotundidad de las rosas de sangre y el páramo violeta que ensanchaba su frente y hacía de sus sienes un desierto verde. Porque Alois tenía el alma clavada en las pupilas y se hubiese arrancado la piel si con eso bastara para ser y ser de agua. Él lo sabía. Por eso se había quitado la máscara.


Nota final: Fotografía de Lee Miller. Y esto es un delicioso desvarío.

lunes, 1 de agosto de 2011

Vientre de luna, flor de muchacho

Un látigo hecho con los estambres de una orquídea

El público, F. G. Lorca

Confieso haberme encontrado en tus ojos.
Confieso haberme visto
tejida de negros y verdes,
universo sin estrellas,
escapista de sueños
y de luces.

Confieso haber delirado tu voz
y buscado tus manos en la quietud
de unas sábanas que te recuerdan
y dibujan, ciegas,
tus contornos oscuros.

Confieso haber descubierto
la naturaleza abstracta
del latido
en la profundidad
sin abismo ni sima
-vientre de luna,
flor de muchacho-.

Confieso haber destruido
en tu nombre.
Confieso haber matado e
insuflado vida
en labios yertos y pétalos iguales.
Confieso haberte pintado en los cristales
de los viejos autobuses
y las aceras abiertas.
Confieso haberte adorado
frente a los puentes de hielo
y las puertas
que se escarchan.

Agonía de estatuas.
Ni mármol ni estrellas.
Ni aire, ni aliento, ni sangre.

Confieso haberme encontrado en tus ojos.
Confieso la vida tenue, y el ansia, y la esperanza.
Confieso los soles enfrentados.
Vientre de luna,
flor de muchacho.
Me confieso.

Nota final: Impulso.

viernes, 15 de julio de 2011

Ansia. I Movimiento

Que quiero ser sólo el agua
que te resbale por la garganta
si es que sientes sed.
Que quiero ser sólo el beso
del aire en tus labios
si te asfixian los relojes de tiempo
o las rutinas encadenadas
en una proyección sideral
sin estrellas.
Que quiero ser para ti
lo que tú quieras que sea.

Y no olvidar
jamás
que yo no soy quien tú eres,
que tú no eres quien yo soy,
que ni somos ni existimos
en este vacío del placer
que me doblega.


Nota final: Esto viene al caso de Sail your sea, meet your storm, all I want..., una canción que me ha marcado más de lo debido.

miércoles, 29 de junio de 2011

Enciérrame

Las palabras son cárceles necesarias. Se hacen flores marchitas en tu boca. Fluyen de mis dedos y pervierten una realidad creada, condenada a repetirse. Ni siquiera los senderos iguales bastan, porque todo es espejo de espejos. Cada letra se torna una condena. Cada sílaba, una sentencia de muerte a la existencia. Las palabras son cárceles que atrapan la realidad, que reducen el juego de la vida a una relación científicamente bimembre. Repulsiva. Las palabras son nuestra daga contra la muerte. Una espada de dos filos. Y Damocles se nos bebe desde dentro.

La realidad no existe sin las palabras porque no tiene entidad sin ser pensada. El hombre es anterior y posterior al hombre. El hombre es una paradoja exacta y vuelta del revés. Negar la existencia es caer. Quizá resulte lo más deseable. Negar la propia humanidad requiere palabras. Ser libre requiere palabras. Las palabras son cárceles necesarias, luego ser libre se torna el valiente acto de cargarse de cadenas. Delimitamos, parcelamos y conocemos por medio de las palabras. Las juzgamos amigas; no las vemos de aire, no las vemos cálices llenos de cicuta que se escurre entre labios abiertos. Asesinato.

Necesarias. ¿Necesarias? Como las normas sociales. Previas -pro, proto- al mismo concepto de norma. Ácidas, siempre ácidas. Como el dolor o el placer. Como la vida. Asesinato. Sin palabras no somos sino animales temerosos abocados al fin. Nos quedamos sin instinto y sin razón. Nos hacemos barro primero y nos negamos sin negarnos. Porque el mayor valor de la nada es su certeza de ser nada y su búsqueda ciega del éxtasis tembloroso. Inmolaciones. Las palabras son cárceles necesarias. Nos hacen libres.

Atrapan la realidad. La capturan y la tergiversan. La crean. Son, en realidad, instrumentos en nuestras manos inexpertas. Son las pobres cabezas de turco de la intolerancia. Son los juguetes de un niño grande. Son los escudos de la confrontación y las espadas del odio. El impulso disfrazado. Máscaras. Construcciones. La interculturalidad se convierte en un mito derrotado por la naturaleza humana. Piedra sobre piedra. Y cae. Siempre cae. Qué terrible y qué exquisito.

No hay una única fuerza. No existe un verbo igual. Cae. Siempre cae. Son juegos de semiótica. Artimañas del demonio que llevamos en lo más profundo de nosotros mismos. Porque es en la brecha de la luz, en el lazo ambiguo de lo oscuro, donde florece el impulso. Impulso, acción, reacción. Latido. Pensamiento. Y una construcción suicida en nombre de la palabra. Una paradoja sumergida. Real. Mucho más real que la realidad misma.


domingo, 19 de junio de 2011

Tú eres

Todavía conservo el amargo sabor de tu sal en los labios. Todavía acierto a sentir el licor resbalando despacio, rosa de pubis abiertos. Se abren de roca las aguas, profetas en tierra desconocida, mares de cal y de cianuro. Humo amarillo que asciende entre las algas y se rompe en la espuma. Lo cubre todo. Y me siento pequeña, diminuta frente a esta eternidad que Tú eres. Una eternidad de silencios rotos. Las horas fueron más rápidas que el reloj y se hicieron polvo de cieno. Él sigue con su tic-tac inflexible. No se callará, no. Pero el tiempo se desvanece si Tú eres. Existencias vacías de esencia; eres y basta.

A mí me basta. Que te anegas con tus aguas y te asfixias una y otra vez contra las piedras. Te retuerces; gimes. Por y para nadie. Sin nadie. Que no me necesitas, ya lo sé. Y arremetes de nuevo. La tierra no resiste. Nada resiste. Se abre. Me alzas, me socavas. Tu sal en mis labios. Por un instante no hay futuro. Ni futuro, ni aire, ni temor, ni sol, ni cielo. Nada sino ese grito callado y ese débil pulso de lo que se quiebra. Mil cristales saltan en el aire. Mil nubes se hacen cristal en el aire. Avanzas. Dama de Grises, mil veces Reina, Señora entre orquídeas. Se enfurecen los vientos y aúllan. Se quejan, ¿no les oyes? Pero no te importa. Tú avanzas. Tú eres.

Y me tienes aquí esperándote, sintiendo el latido oculto de tu existir inmenso, tocando las lágrimas que se tornan diamantes y los diamantes que cortan la piel. Agua. Este frío que me llena, que me arrastra. Que me mueve a mirarte y desearte. A entender que no podré ir a ti si no vienes Tú en el preciso instante del eclipse. Conozco los peligros que tu vientre encierra y los acepto. Los acepto aún aquí, aguardando tu vuelta, los labios entreabiertos. Tu sabor a sal se irá esta noche. Qué tristeza tan callada, como calla el placer, como silencia el dolor, como amordaza la felicidad. Qué juego de sombras el de buscarte otra vez. Lo haré. Sabes que lo haré. Espérame. Oh, espérame…


Nota final: Este texto es producto de un renascere. Unos días agradables, una compañía agradable, un lugar agradable y una serie de vivencias agradables. Mar, Mar que sin saberlo me das nombre.