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jueves, 9 de diciembre de 2010

Nada, y la nada misma

Me tomas de la mano y me llevas más allá del río de esquirlas,
donde los helechos son cristales agudos
y el vacío pende como una espada sobre nosotras,
bajo aguas que acarician sangre de niños degollados
y bilis de carneros coronados de lirios.
Y juras por el tiempo, por la vida y por la historia.
Y lloras, con tu corazón de carne herida.
Pero a mí me duele este vacío en todo el cuerpo;
una extensión yerma y blanca
entre esencias impuras y gasolina quemada.
Me duele esta ausencia en cada tramo de mi piel,
esta ausencia del sentir que me arrastra y me doblega,
que me obliga a yacer entre olvidos más ciertos que la muerte.
Porque no basta tu calor para mi cruz humana,
ni tus palabras para mi alma de anhelos.
Porque no entibian tus dedos mis rosas marchitas,
ni siquiera al ser arrojadas desde las cimas ocultas.
Que río, que te busco, que gimo, que muero
entre tus brazos de sirena, amazona y náyade.
Por y para nada.
Pues es la nada la muerte misma,
y ésta me ha marcado con sus mil mariposas.
Déjame sentir, ¡déjame sangrar mi tristeza de lunas!
Déjame respirar lejos de mi aire asfixiante
y mata, muere, vive, eleva y cae.
Porque duele, duele, duele,
porque es aire denso y amarillo
que asfixia, hierve y quema, pero no rasga.
Aguamarinas de cristales rotos en tu mirada oscura.
Una vez más. Y basta.

viernes, 5 de marzo de 2010

El principio del fin

La primera vez, pero no la última. Su vida adquirió un sentido completamente diferente, que giraba en torno a él, la persona que señalaba su destino, que le ayudaba a mantenerse en pie y le había hecho descubrir lo que de humano existía en su interior. L olvidó que estaba frente a un asesino, e igualmente olvidó cuál era su misión o su deber, como si nada en el mundo alcanzase en importancia a lo que él sentía. Y nada lo alcanzaba. Nada superaba, ni superaría, al calor del sol abrazando ardientemente a la luna.
Tenía sentido. Su vida tenía sentido. Y él lo sabía, sabía el poder con el que contaba y que ejercía sobre el más grande de los investigadores que hubiese conocido el mundo, ahora un muchacho frágil entre sus brazos. Todo era nuevo para L, y daba igual cuántas veces él le besase o dejase que su aliento cosquillease su oído, L siempre lo sentía como algo novedoso, como un regalo del destino.
Pero, en el fondo, conocía la verdad. Por eso no se asustó, ni siquiera reaccionó, cuando él pronunció aquellas palabras, muy bajito, a su oído. Te mataré, L, te mataré. Te mataré porque si tú vives, yo muero... y si tú mueres, yo vivo. L ni siquiera se estremeció. Le miró con sus grandes ojos negros, sabiendo que quedaba mucho, o quizá muy poco, para el cumplimiento de aquellas palabras. Era consciente de que él anteponía su vida, sus ansias, sus intereses, a la suya, pero... ¿importaba acaso? Sólo él era capaz de otorgar un cierto sentido a su vida. Sólo él le completaba. Sólo él jugaba un papel protagonista en esa existencia que había dejado de pertenecerle en el mismo instante de su nacimiento, cuando su destino había sido sellado. No me mates, susurró en voz muy baja, no me mates porque te quiero, y quiero estar siempre contigo. Él sólo se rió. Y de nuevo se besaron, y sólo la luz titilante de la lámpara del fondo del despacho fue testigo de sus caricias, de aquel manjar compartido de última cena, de banquete antes del sacrificio.
L tuvo miedo. El terror se apoderó de su ser cuando supo que el momento estaba cerca. Y huyó, de sí mismo, de sus recuerdos, intentando mantener alejado de sí el dolor del recuerdo, arrancar a quien le había llenado de su interior, pero ya no sabía dónde acababa su alma y dónde empezaba la ajena. Huyó para preservar su vida, sabiendo que ni la más intensa de las carreras le serviría para huir del poder de él, no de su potestad para invocar la muerte a su antojo, sino de aquellas cadenas que él mismo había aceptado. Y ahora se hallaba allí, al pie de la estatua de mármol, empapado por la lluvia de diciembre y dejando que las espinas de las rosas se hundiesen en su piel. No importaba.
Algo en su interior había decidido. Carecía de importancia el hecho de que su razón le dijese con claridad que debía acabar con la amenaza, con el asesino, en cuanto tuviese oportunidad, pues L sabía que la muerte de él significaría la suya propia, una mucho más lenta y dolorosa, consumido en los recuerdos y en el vacío. E, igualmente, sabía que volvería esa noche al piso que compartían. Asumiría su papel de cordero sacrifical y la última noche, antes de que todo concluyese, no le recriminaría nada. Dejaría que le hiciese suyo y le besaría con igual pasión, escuchando sus palabras suaves en su oído y jugando con la ilusión de regresar a sus brazos apenas unas horas después. Si es lo que quieres, mátame. Porque te amo y nada me importa si no es tu camino, tu destino y tu felicidad. Porque tú me colmaste, me enseñaste lo que es la plenitud y llenaste mi vacío con tu calor. Porque sé que siempre te esperé, aún sin saberlo, y que nada queda si no eres tú. Por eso, Light Yagami, mátame. Y, con la ropa hecha jirones y el cabello revuelto, L emprendió el camino de regreso, cubierto de lluvia, helada su piel.


[¡Ya he terminado de postear este texto! Realmente pensaba hacerlo anoche, pero mi ordenador subsiste a las puertas de la muerte y no tenía ganas de empujarlo a un prematuro... ¿suicidio? Al menos el cutre fanfic ha servido para meterme otra vez el gusanillo de escribir ficción no demasiado literaria y lírica. A ver cuánto me dura...]

No, no quiero

[III parte de La lluvia de diciembre]

Y, así, él acabó encadenado a su ser, contra la voluntad de ambos. El más irónico de los destinos, él a su lado las veinticuatro horas del día, y la constante visión de su rostro de ángel disfrazado de demonio como indigna tentación. ¿Qué no soñó L al dormir a su lado? ¿Qué no deseó llorar al observar la belleza de aquella a quién él pertenecía? ¿Qué no deseó hacer, decir, gritar, suplicar, ordenar? ¿Qué no imaginó mientras contemplaba su expresión tranquila en medio del sueño?
No pocos han dicho que el hombre debe tener cuidado con aquello que desea pues, en el momento en que pierde la esperanza, el Destino se decide a juzgar y a arrastrar a los incautos hacia sí. L se había acostumbrado a la presencia de él, a sus silencios, a la frialdad con la que meditaba sus acciones y al brillo de sus ojos oscuros, que miraba en cuanto tenía ocasión con su expresión ausente, fingiendo observar la pantalla del teléfono móvil o la cucharilla de plata como si fuesen logros de la naturaleza.
Y entonces, aquella noche, sucedió. La vida juega con los extremos, se recrea cruelmente en ellos. Por primera vez, sus miradas se encontraron sin frialdad manifiesta, pues era la primigenia furia lo que se reflejaba en sus ojos. O, al menos, en los de él, porque L, de nuevo, sólo sabía pestañear con sus pupilas vacías y esa muda súplica de ser abandonado en la nieve que jamás ha conocido el calor, de niño que golpea la puerta cerrada de los ricos la noche de Navidad. Por eso, cuando él le golpeó, aún pese a que se sabía culpable de sus provocadoras palabras, de su mirada fingidamente retadora, no se arrepintió de ello. Si no conocía el calor del abrazo, al menos el dolor de su piel herida le hablaba de un contacto cercano, de un fuego que nunca nadie había despertado en él. Y le respondió. Puñetazo por puñetazo, hasta que ambos cayeron al suelo, unidos por una frágil cadena que más parecía una ironía cruel que una unión firme.
-Eres un hijo de puta, -murmuró L, mientras agitaba uno de sus brazos, intentando quitarse de encima el cuerpo de quien parecía dispuesto a golpearle de nuevo- y lo sabes.
-Y tú eres un idiota con demasiadas pretensiones, y también lo sabes -siseó él, sin aparentes intenciones de moverse.
-No me conoces. No sabes nada de mí. -L apartó la mirada por unos segundos, sacudiéndose con un poco más de fuerza, pero él, para su sorpresa, no se había apartado. Y no le había golpeado, tampoco-. No eres quién para juzgar nada.
-Has empezado tú, pequeño detective -se rió él, mirándole con sus ojos brillantes, fríos, profundos, tantas personas unidas en un solo ser que el de cabellos negros no sabía a qué se enfrentaba. Ni quería saberlo.
-¿Por qué eres tan insoportable?
-Sé mucho más de ti... -la voz de él tenía un tono de fingida burla que hizo que L evitase mirarle a la cara de nuevo-, mucho más de lo que piensas...
-No, no lo sabes, imbécil. No sabes nada de mí porque estoy vacío. Estoy tan vacío que no hay nada de mí que puedas saber, ¿es que acaso no lo entiendes?
Un silencio incómodo se instaló entre ellos, mientras L apartaba definitivamente la mirada de él, extrañamente avergonzado de haber pronunciado palabras sinceras por primera vez a lo largo de su vida, de haber abierto una brecha en la solidez de la ausencia. Pensó que quizá él se apartase, supuso que era probable que le golpease de nuevo para seguir con aquella pelea cuya causa había olvido, o que le dirigiese alguna que otra palabra hiriente. Pequeño detective, idiota con demasiadas pretensiones... podría llamarle cadáver andante, que posiblemente no hubiese dicho nada. Pero, para su sorpresa, él apoyó suavemente la mano en su rostro y le hizo mirarle, cuando L no deseaba otra cosa que apartarle de sí, decirle que odiaba todo de él, precisamente porque le estaba enseñando a adorarlo.
-Vamos, tú no estás vacío... ¿Por qué dices eso, tonto?
Para cuando L se atrevió finalmente a mirarle, descubrió en él la primera sonrisa que debía haber esbozado de forma sincera, una sonrisa que hizo que esa mezcla de odio hacia sí mismo se esfumase tan rápido como había llegado. Su cuerpo experimentó un breve temblor, mientras trataba de eludir otra vez su mirada, esquivo como una gacela asustada, pero los dedos de él eran firmes y no se lo permitieron.
-Déjame en paz, ¿quieres?
-No, no quiero.
L alzó levemente las cejas, mientras apoyaba su mano, aquella que por medio de la fina cadena se unía a la de él, en su hombro y pretendió parecer decidido, como si no le afectase tenerle sobre su cuerpo después de semejantes palabras.
-¿Y qué quieres? -Murmuró L, con la voz algo quebrada-. ¿Qué coño quieres ahora?
-Te quiero a ti.
Repentino. L no podía haberlo imaginado, quizá soñado, pero no imaginado con exactitud. Y, sin embargo, sus labios respondieron al beso cálido, extrañamente comedido e incluso tímido al principio, como si él tantease terreno prohibido o temiese quebrar la flor más frágil esculpida por la mano del hombro. L abrió los ojos, sorprendido, tentado incluso de apartarle, rotas sus certezas por lo indescriptible de las sensaciones. Su cuerpo tomó la decisión en su lugar. Se apegó más a él, como si jamás hubiese sentido calor y éste sólo existiese junto al de cabello más claro, buscando sus labios con un ansia que se entremezclaba con la angustia, un deseo teñido de la suavidad natural que caracterizaba los gestos de L, tan frágil en su ficticia dureza.
Fue la primera vez. El primer abrazo prieto, el primer beso ardiente sobre el suelo frío, la primera ocasión en la que sintió los labios de él en su cuello. Las primeras respiraciones agitadas y las primeras prendas volando, apartadas, innecesarias en la danza de los cuerpos. Los primeros gemidos deseosos, necesitados, ansiosos y extrañamente colmados. Las primeras caricias a una piel que descubría diferente a la suya. Las primeras señales en su cuello y los primeros roces húmedos en su pecho pálido. Los primeros jadeos, los primeros estremecimientos de su cuerpo y las primeros movimientos de él en aquella guerra ya declarada, enseñándole qué era lo que faltaba en su existencia, qué parte de su ser estaba incompleta. Y L sintió, en aquel primer descubrimiento, que el calor derretía el hielo, que la plenitud llenaba por completo el vacío.


[Sí, señores, continúo con el famoso fanfic, ya sólo queda un post para acabarlo. Exageradamente emocional para mi gusto, realmente no me arrepiento de haberlo escrito como regalo y de estar publicándolo, aún pese a que no sea mi estilo... en estos días, tengo una desinspiración capital para todo lo que no sea un
Silva, silvae y ahora estoy demasiado emocionada con Eros, Thánatos y Fedra para redactar algo coherente]

lunes, 1 de marzo de 2010

La lluvia de diciembre

Parte I. La huida

Corría. Corría como si bastase la distancia para emular al olvido, como si con cada esquina doblada, la añoranza se decidiese a instalarse en la calle dejada atrás. Corría, en medio de la oscuridad que tan sólo él podía ver, sus pasos apenas alumbrados por cuatro estrellas errantes, como él mismo, que no tenía casa ni la había tenido, que había cercenado sus raíces y se había entregado al viento. Corría, sus cabellos empapados por la intensa lluvia de diciembre, sus ropas rasgadas, y su garganta inundada por un grito, el grito tantos años oculto, el grito que quiebra el hielo y desata la llama, que rompe los cristales oscuros en mil esquirlas dispuestas a hundirse en la piel.
La luna no alumbraba su carrera; era un náufrago surgido de la tempestad, un caminante abandonado por sus congéneres en tierra desconocida. Y, en medio del frío, de la lluvia y del cansancio, tan sólo subsistía el recuerdo. Esos pensamientos que lentamente dejaban surcos en su espíritu, esas imágenes que revivirían una y otra vez hasta que la muerte le reclamase, esas voces que todavía resonaban en sus oídos. Sus propias palabras se repetían una y otra vez, como un eco lejano que no deseaba escuchar, como una burda representación de sí mismo.
Todo lo que comienza concluye, y así su carrera terminó, frente a la estatua de mármol, mientras la lluvia se derramaba sobre su cuerpo, haciendo que sus ropas se pegasen de incómoda manera a su piel, helando cada centímetro de ésta, mientras pugnaba por alcanzar un poco más de aire, para exhalar luego aquel vaho invisible. Agotado, con la mirada perdida, sus ojos grandes y oscuros llenos de vacío, porque el único que los había llenado era quien le había arrebatado la vida, quien le había arrastrado a la encrucijada de la existencia y le había puesto frente a su turbio reflejo.
Y ahora se hallaba allí, quebrado, permitiendo que la lluvia, aquélla que todo lo purifica, bendijese su ser impuro y le ayudase a encontrar una respuesta. En vano. L sabía, desde el inicio de su desesperada carrera hacia ninguna parte, que en lo más hondo de su ser ya había decidido. Poco importaba en esos instantes lo que dijese su razón. Incluso los años de cuidado aprendizaje y estudio, el dominio profundo de los sentimientos y de la psicología humana, ardían en el fuego, desaparecían y dejaban a L desnudo frente a su propio ser. Su corazón se había pronunciado y ni el propio dios a cuya estatua se aferraba en esos instantes podría cambiar un ápice de la decisión tomada.
¿Qué le quedaba si no era el recuerdo? Se dejó caer lentamente, consumido por el ansia de olvido jamás encontrado. Permitió que su cuerpo resbalase por el costado del frío mármol, sin preocuparse porque las espinas de los rosales que crecían a ambos lados de la estatua dejasen huellas de color carmín en su pálida piel. El dolor no existía para L; en esos instantes, incluso sonrió, porque el débil rojo de la sangre era semejante al latir de la pasión y de la vida, a la flecha de Eros hundida tanto tiempo atrás en lo más profundo de su ser. Pero Eros, ¡qué estúpido había sido al olvidarlo!, caminaba de la mano de Thánatos. El Amor y la Muerte, entrelazados hasta el último instante. Así debía ser y así sería.


[En esta ocasión, posteo la primera parte de un fanfic que he escrito en honor de una amiga, Isobello. Tiene temática yaoi -por ello, evidentemente es dedicado, suelo escribir más yuri- y se basa en el manga Death Note, guión y personajes por Tsugume Ohba y dibujo por Takeshi Obata. No es gran cosa, pero últimamente tengo la cabeza en demasiados sitios, y especialmente en ti. Iré publicando poco a poco las distintas partes que componen La lluvia de diciembre].