sábado, 19 de diciembre de 2009

Beatriz

Busco con insaciable ansia

Escuchar entre los árboles tu voz.

Águila de mi ocaso, ¡ten piedad!

Te entrego mi corazón devastado por la espera,

Rasga mi piel y arranca el oculto dolor.

Inquebrantable es hoy el flagelo de la tristeza,

Zarpan los barcos en el puerto de la desesperanza.



Nota final: No, no va dirigido a ninguna persona en concreto, ni estoy deprimida, ni estoy enamorada, o eso prefiero creer. Es, como de costumbre, uno de mis juegos literarios que mezclan poesía, normas establecidas y creación. Os animo a probar. Tomad un nombre, ponedlo en vertical y... ¡lanzaos a escribir!

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Jack shall have Jill



On the ground,
sleep sound,
I'll apply
to your eye,
gentle lover, remedy.
When thou wak'st
thou tak'st
true delight
in the sight
of thy former lady's eye
Jack shall have Jill;
naught shall go ill;
the man shall have his mare again,
and
all shall be well.

[Shakespeare, Midusummer Night's Dream]

I know I should say 'Good bye' and forget everything about you...

jueves, 10 de diciembre de 2009

De oro y púrpura

Alfombré el camino a tu hogar de flores; quebré el jacinto y la azucena, con mis dientes rasgué las rosas, dejé el aire que me pertenecía en las orquídeas. Con palmas y ramas de olivo te recibí y ante ti me incliné, con la fe de quien busca y cree encontrar, de quien ansia y desea la miel que las hojas de la tarde esconden.

Rasgué mis ropas ante ti y me solté el cabello. Cubrí de oro tus dedos, oculté tus níveos hombros con púrpura y de perlas rodeé tu cuello. Liberé palomas blancas para que Afrodita besase tu oído en mi nombre con sus alegres cantos. Rogué a las ninfas que entonasen sus delicadas melodías en tu honra, y me escucharon. Seduje a las nubes para que no ocultasen a la Luna y abracé las rodillas de la Noche, suplicándole que combatiese contra el día hasta el último de sus suspiros.

Cacé una blanca cierva y la ofrendé en el altar de piedra en que invocabas a lo Eterno. Vertí agua bendecida por obispo y por leproso sobre las flores silvestres que crecían rodeando la superficie pétrea. Encendí el fuego que purifica y engrandece, que da calor y cobija de las fieras. Las dríades danzaron y suplicaron la venida de Fortuna. Y Eros, celoso del amor de las mujeres, sonreía cruel desde lo alto de un fúnebre ciprés.


Me desdeñaste. Quebraste las flores. Pateaste la ofrenda. Apagaste el fuego. Arrojaste al suelo el oro, las perlas y la púrpura. E, inocente, arrancaste mi corazón del pecho y bebiste de mi sangre. Jamás supiste que tan sólo el hielo y el vacío rozaron tus labios antes de que la vida abandonase ese cuerpo de marfil y de niebla.

Nota final: Estos días están resultando extraños, pero bonitos. Las ocasiones en las que se me ocurre escribir esta clase de cosas, pero importa poco, cuando tenga alguna clase de problema, ya me veréis en un tono más melancólico y personal. Hoy mi vida va hacia arriba.
Nota final (bis): Tanto esta imagen como la del post anterior son del artista William Adolphe Bouguerau cuyos cuadros amo.

martes, 8 de diciembre de 2009

Morgana

Así me sentía yo, pues la sed de aquel cuerpo, de aquella mirada eterna, de aquellos labios unidos a los míos en un instante que por desgracia concluía, era cuanto menos imposible de saciar. Bebía de aquella fuente de miel y vino, y cuanto más bebía, mayor era mi deseo de hundir mi boca en la ambrosía y cantar mi alegría dionisíaca, de gritar mi amor al mundo y de esconderlo al tiempo en lo más profundo de mi alma, celosa de que alguien me lo arrebatase.


Morgana me desarmaba; me despojaba de toda defensa y derribaba corazas de acero con una sola mirada. Pero nunca me sentía tan viva como cuando desnudaba mi alma ante ella y dejaba que los sentimientos y los pensamientos más ocultos tomasen el control.

[Extracto de mi novela en proceso]

lunes, 7 de diciembre de 2009

El retrato

Y me doy gracias por haberme atrevido a retirar la tela que cubría el óleo, y a besar los labios del divino Dorian, y a asomarme a través de sus ojos a la dicha de los condenados.


[Wildianas, I]

domingo, 6 de diciembre de 2009

Olvido y renacimiento

Fui yo quien vestí la oscura capa de la muerte y la venganza frente al mundo, mas ante ti revelé la fragilidad de mi cuerpo descarnado de asesina. De poco sirvieron mis palabras antes muros pronunciadas; no fueron más que certeras cuchilladas en mi propia carne, tajos abiertos y sangrantes, realidad de pan y vino, cordero en el altar sacrificado.

De mí te reíste. Oh, Némesis un día venerada, ¿adónde ha ido tu fuerza? Y quebraste el hielo en añicos con una sola sonrisa, dejando que cada uno de esos pedazos se hundiese en mi piel. Mi carne. Mi sangre derramándose en tanto la espina se convertía en planta, y la enredadera apretaba el pecho de la que ha creído seguro el refugio de la muerte.

No fui yo quien te maté. Con cada una de tus palabras, exhalabas el último aliento frente a mí; con cada gesto de tu rostro, los buitres se aproximaban volando en círculos sobre nosotras; con cada reproche y con cada acusación, la soledad de la muerte se hacía presente y ansiaba en su sáfico frenesí besar tus labios.

Suicidio. Fue tu propia mano, tu propia voluntad, quien te quebró dolorosamente ante mí. Traté de buscarte, y en mi dócil servicio de esclava no fui bastante. Intenté matarte, y en mi misión como sicaria, fracasé. Me esforcé por cerrar mis ojos a tu imagen y de este modo ejecutar lo que de ti quedase. Mas fuiste tú quien dio el certero golpe.

Tu último aliento fue también el mío. Me mataste al morir, quebraste mi existencia, me dejaste sola y desvalida, desnuda y con marcas de cadenas rotas, frente a la eternidad del tiempo y a la vastedad del espacio. Mi frágil espíritu, entrelazado con tu recuerdo adorado, se dejó caer leve como pedazo de nube al abismo más lóbrego que el demonio de veneciana máscara haya podido imaginar jamás para los seres humanos culpables. Vi a mi alma hacerse pedazos y sonreí.

Sonreí porque sé que, tras la muerte, llega el renacimiento. Se quiebra la rama y, apenas unos meses después, brotan verdes hojas. Agoniza el ciervo entre la floresta y su ser da vida a otros entes. Se precipitan a la nada los pedazos de la rosa de cristal ya quebrada y de ellos nace una nueva y más hermosa flor.

El más pequeño tallo revela que en realidad la muerte no existe
y que, de existir, lleva la vida, no esperando el fin para detenerla,
y que dejó de ser desde el momento en que surgió la vida.
Todo va hacia delante y hacia fuera. Nada se destruye
y la muerte es diferente de lo que se supone; y más feliz.

[Walt Whitman, Hojas de hierba]

Nadie llorará esta muerte. Nadie llevará flores frente a la tumba. Nadie entonará al cielo un réquiem que ni los mismos ángeles escuchan. Nadie contemplará una inscripción de despedida y recordará. Quien pretende ser recordado tras su muerte no es más que un iluso que se cree más que una fina mota insignificante a través de los siglos. Así, mi alma quebrada no ansía recuerdo, sino olvido. Olvido y renacimiento. Ahora soy yo quien debe dar los primeros pasos de esta nueva existencia, bañada en la hermosa luz de la vida. Y eso hago con cada palabra escrita, ya no con lágrimas ni con sangre, sino con la más dulce celebración de la existencia.


miércoles, 2 de diciembre de 2009

Atardecer

El brillo más hermoso del sol es aquel que emite justo antes de morir. Después, tan sólo la noche tejida de espanto queda. Cuando la rosa de cristal quebrada arde, la dicha de alcanzar ese último segundo de belleza suprema es mayor que la tristeza de desaparecer. ¿Qué somos sino instantes en la inconmesurable eternidad del tiempo?