martes, 13 de diciembre de 2011

Las cuerdas vocales

Nada tiene que ver el dolor con el dolor
Enrique Lihn

No quiero volver a escribir un solo artículo o una preposición. Los verbos son el pecado del suicida.
Esta melancolía de útero ciego y vacío. Este no saber nacerse, este descubrirme en condena a los pronombres, este decirte siempre en oscuros.
Derrota a muertes calladas.

Si tan sólo pudiera hablar sin cortarme los labios… Que el dolor me rompa la boca a golpes sin pausa duele siempre así desde dentro y que salga, que me ahogue, que me estalle la garganta. Pero no así, no, así no, despacio, latido de carne que se desgarra a gesto de sicario, así no, no en mil muertes, no a cuchilladas en el pecho, no rasgándome así así así hilo y la punta de los pezones.

Desposeerme de mí misma con el fin de subordinarme a tu nombre es un juego demasiado perverso para que debas soportarlo. Pero si dices quiero, entonces mi cuerpo ha de abrirse en dos al llano. Ha de volverse nieve virgen. Y vivo tan sucia. Las almas lloran en las viejas playas de Petra precisamente porque en Petra jamás ha habido playas. Nadie pregunta por qué en Petra no hay playas. Nadie pregunta por qué languidezco con pececitos blancos dibujados en el vientre. Y si escribir un poema es yuxtaponer palabras y si escribir es definitivamente devorar como una perra silenciosa estos pedazos de lengua, entonces que me claven me claven me claven en la cruz. Entonces que me duelan hasta el infinito, y si se me abren las pestañas, que me las ricen en las mil ochocientas cincuenta y cuatro vueltas de la piedad.

Son labios si cierran la boca de los curas. Respiran aire amarillo con cada grito del purgatorio. A ver si así o de esta manera o rota en definitiva sin formas de lenguaje más que las de mi cuello abierto me ahogo. A ver si me encadeno a la espiral que late entre tus dos manos extendidas. A ver si… Pero aquí ya no pueden encontrarte. Ya no pueden oler los triángulos que dibujabas en casa del marino.

Se callan los tenientes si suena el violín. Ha anochecido.
Me he anochecido.


Fotograma de una peli de Beatty. No sé si quiere decir mucho.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Aquí todos gritan

Aquí todos gritan.
Y
mientras
tanto
o tanto mientras,
que ya no importa.
DIGO
Y mientras
yo
me corto las manos
con el filo azul
de tus cigarrillos,
él se muere.
Me asomé a la sala hace dos horas.
Continúa allí.
Él se muere.

Veo su juventud marcada
de putas, de aviones,
de campos quemados,
y de sal en heridas abiertas.
Veo la tierra húmeda
debajo de sus uñas
y el destello del fusil
que agoniza.
Y ahora él se muere
en la alfombra.
La colgué hace ocho días.

Jodido latín, jodeos todos.

Mis sueños
me cortan muy despacio
la punta de los pezones.
Él se muere.
Aquí todos gritan
y yo estoy tan cansada
de escucharles
de escucharme
de escupirme
escupirte
escupiros en la cara
a todos.

No sé qué es la
RABIA
la mía
que desborda, estalla, arde,
quema mi nombre
en las entrañas abiertas.
Sangre.
Semilla y sangre
de sal esparcida
que no jamás nunca nadie ninguno
puede dar fruto.
RABIA

RABIA que se me bebe las palabras,
que se me clava en las sienes
porque él se muere
en la habitación
con la piel marcada
de los electrodos
y las imágenes.
Se muere
y vosotros
TODOS VOSOTROS
tenéis la culpa.

RABIA
Hoy me he roto
en cuatro pedazos
y dudo
que mis dos piernas
vayan a seguir
un camino que se pueda
llamar
camino.
Mejor decir
RABIA
y no justificar, explicar afirmar
No nada nunca
RABIA

RABIA
Y
yo
creo
de verdad
creo
voy a volverme loca.


Man Ray fotografiaba así.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Televisores y adoquines

Ya puestos
a que sepas algo
de mí,
podría decirte que hay
demasiadas
cosas que no tengo.
No tengo sentido del humor
y lo cierto
es que no me gustan las luces
ni los niños pequeños
ni las promesas
ni las manos cuando se cierran
sin apretarme.

Ocurre que
tengo la mente rota
y el aliento
perdido entre dos imágenes.
También tengo la sombra
de esta ciudad
clavada en las entrañas.
Espero que con eso baste.

Hace frío.
¿Sabes?
Me sorprende que no lo entiendas.
Debe ser cuestión
del aire o de los neones,
pero esta tarde
he llorado
por no poder devorar
su vientre profundo.
Hay tantas mujeres
con los pechos vueltos flor…

Sin embargo,
ahora
ocurre que te espero
en el borde de esta página
para ver si cosiendo tu nombre
o subordinando a esta coordenada cortante
cada una de tus palabras
se me pasa la fiebre.

Parece que no.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Miss you, Irish days

Recuerdo que te adelantabas dos o tres pasos. Canturreabas esto cada vez que tomábamos la curva suave en la carretera de Killiney. Entre el viejo colegio, las casas adornadas de abejas y violeta, y la montaña, y el castillo, y la promesa de la nieve. Tenías una voz curiosa, que parecía venir de alguna clase de árbol o del mar que se transparentaba entre las ramas, porque estaba hecho de cristal y nada podría romperlo. Yo creía, de verdad creía, que nada iba a romperte a ti, que ibas a quedarte por años -escupitajos a lo eterno- entre los paisajes verdes, los metálicos gruñidos de los trenes y el futuro trasnochado de una ciudad que aún no sabe de su pasado. De verdad lo creía. Y hoy sé que si yo vuelvo, que si yo retorno, que si yo me hago viento frío otra vez, tú no estarás allí.

Por eso evitaba abrazarte, porque sabía que no te irías y que tendría todo el tiempo del mundo para soñar nuestra infancia. Me equivocaba. Porque hoy sé que no volverás a masticar tréboles ni a abrirte el pecho con las conchas de la playa. Sé que ese camino será mi tumba; necesito hacerme ceniza para que me entierren bajo asfalto y cal. Y me gustaría esperarte en una de esas piedras; haber sabido antes quién eras y haberte llamado por tu nombre. Porque nunca he tenido hogar ni patria, y tú te ganaste a golpes y verdades mi aprecio. Te lo dije esa mañana entre la niebla -¿recuerdas?, esa mañana en que era tan pronto y tan tarde.

Pasarán años hasta que te vea. Pasarán, ¿qué sé yo? ¿Veinticinco meses? ¿Tal vez treinta? ¿Serán quizá cuatro o cinco los años? No voy a contarlos. No se me da bien echar de menos, pero puedes romper la regla. Odio que lo hagas y, aún así, no soportaría dejarte atrás. No ahora.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Variaciones sobre una de tus pestañas. Dionisos

Y ahora, sin embargo, me gustaría que alguien me explicara por qué es más digno golpearse el pecho en una iglesia que llegar a un parque, dejar los libros en el suelo y gritar:

Señor.
La jaula se ha vuelto pájaro.
¿Qué haré con el miedo?

Gritárselo a la tierra, digo. O al vientre de una mujer destripada. O a las palabras escritas en los muros. O a los niños sin ojos. O a la multitud de hormigas que me están arrancando la piel. Supongo que resulta mucho más apropiado susurrar y no abofetearte con mis ganas de devorar tu boca o con la necesidad extrema que siento de colgarte de esa viga. Ésa de ahí, sí. Son cosas que pasan. A veces.

No tengo casa, ni trabajo, ni papeles asegurados para mi mente. Soy una indigente en abstracto y cada pequeña célula de mi cuerpo se acuesta en el barro cuando oscurece. Realmente no importa. Realmente no importo, porque bastan los pronombres para ser. Los verbos resultan total y absolutamente innecesarios. Son una quimera venenosa. Son una falacia afilada cuya única función es la de rasgar venas y segar vidas. Ris, ñac, hic, ¡ay! Y... chop, chop, chop, así, gota a gota, verso a verso. Para eso sirven los verbos. Para aumentar el índice de suicidios y ayudarnos a competir con los señores del hielo, la escarcha y la nieve.

Así pues deberíamos considerar que no (me) importo. Y de eso se deriva mi total disponibilidad para importarte y, lo que resulta dulcemente irónico, para que tú empieces a importarme. Supongo que deberé renunciar de manera definitiva a hacer el amor con mi reflejo. Aplicado el silogismo que emana de nuestra realidad conjunta, me basta concluir que quiero una habitación con espejos para poder descubrir cómo tus manos me recorren entera. Y así seremos tres. Tú, yo y la otredad, o la mirada de desorden sagrado en el espejo.


Nota final: El fragmento es de Pizarnik, claro.
Man Ray fotografió así a Lee Miller.

Para bien o para mal, sigo sin tener sueño. Espero vivir demasiado entre vuestras páginas como para caerme muerta ahora, ¿no es así?

martes, 1 de noviembre de 2011

Jerarquías

No importa
si dibuja la luz
curvas dulces
o aristas de cielo
en tus caderas.

No importa
si me sumerges en
la húmeda naturaleza
de la luna
o me invades
de néctar y sangre.

No importa
si se ciñen mis manos
a tus pechos
o juegan con la soledad
violeta
del páramo.

No importa
si tu voz me ata entera
con temblores graves
o con el agudo grito
de los pájaros.

No importa si al otro lado
de tus ojos
eres hombre o mujer.

Importan tus ojos,
importa la vida e
importa el reflejo.
Importa el dolor, el ansia
y la ciega súplica.
Importan tus promesas,
importa la certidumbre
y el grito mudo.

¿Sabes lo que de verdad,
de verdad
no importa?

Lo que digan.
Eso sí que no importa.